Allí estaba Adela, tan guapa
y serena como siempre. Estaba igual, no había envejecido para nada desde el
día de su muerte. Pero su entorno si que había cambiado. Hace unos seis años
que ya no estaba en Carnwell. Se había ido a vivir a San Francisco junto a su
marido, Lawrence. Sí, se habían casado y tenían dos hijos. La mayor que se
llamaba Jenny y el pequeño que se llamaba Karl. Su casa era grande y bonita.
Eran muy felices. Adela había devuelto las ganas de vivir a Lawrence, se lo merecía.
Después de la muerte de Adela
y de que se convirtiera en fantasma, se fue a vivir en la barraca junto a
Lawrence y Puck. Laura estaba furiosa y quería matar como fuera a Adela. Lo
intento varias veces. La única manera de matar a un fantasma es matarlo de la
misma manera y en el mismo sitio de su primera muerte. Laura con Adela lo tenia
relativamente fácil. Solo tenía que llevarla a la sala de baile y dispararle al
corazón con una pistola. Lo estuvo planeando durante mucho tiempo, pero sus
planes no fueron como ella esperaba.
Un martes por la mañana, hace
tres años, Adela se encontró a solas con Laura en la playa. Laura, al verla
sola y desprotegida no dudo ni un instante en atacarla. Se tiro encima suyo
como una presa ataca a su victima. Adela no era una chica que le gustaran los problemas,
era muy tranquila. Pero en ese momento, estaban las dos en el suelo peleándose.
Adela vio un trozo de cristal en el suelo, seguramente del botellón de la noche
pasada. Lo cogió y cortó a Laura en la muñeca. Laura se apartó de ella
enseguida, chillando como una histérica y de repente cayó en el suelo
desplomada. Adela no entendía nada. La había matado, la primera vez que murió
fue porque se suicidó y su manera fue cortándose las venas.
Al día siguiente Adela y Lawrence
se fueron a vivir a San Francisco dejando atrás unos siglos de dolor, amargura
y traición.
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